Tras las cortinas del machismo

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Por Indira López Karell/Universidad de Camagüey

Enero, 2023.- Por estos días en que el discurso machista y depredador sexual del cantautor cubano Fernando Bécquer a través de su Guaracha feminista ocupa la atención de muchos en diferentes espacios como las redes sociales, vienen a mi mente una y otra vez cientos de hechos de violencia por motivos de género y concepciones machistas y patriarcales, de los cuales no ha logrado desprenderse totalmente nuestra sociedad.

Y es que ciertamente, la retórica sexista de Bécquer no es casualidad, sino resultado de una herencia misógina que se refleja todavía en algunos de nuestros espacios sociales y políticos, aun cuando se han dado importantes pasos de avance en pos del empoderamiento femenino, la inclusión y la deconstrucción de estereotipos discriminatorios.

Erróneamente y fruto de ese patriarcado, muchos repudiamos hechos de violencia contra las mujeres como la física o sexual, en tanto, no siempre se considera agresivo que su pareja u otro hombre la manipule, la cele y controle, revise su celular y redes sociales o le diga qué ropa usar. Por lo general, estos tipos de comportamientos tienden a naturalizarse o suelen considerarse inevitables.

Muy pocas personas se cuestionan el hecho de que a las mujeres se nos eduque para ser tiernas y a los varones para ser fuertes, que se discrimine a aquellas que no encajan en el patrón, que la mayor parte de las labores domésticas y de cuidados recaigan sobre sobre nuestros hombros o aquella supuesta máxima de que la maternidad nos completa.

No faltan quienes culpan a las víctimas de violencia por vestirse de forma provocativa o coquetear de más, incluso quienes se niegan a considerar los piropos callejeros como denigrantes o conciben a la cotidiana práctica del ciberacoso como algo totalmente normal.

Más allá del maltrato físico o psicológico, el machismo es también sentirse incómodo porque una mujer conduce un automóvil o subvalorar sus capacidades profesionales; es concebirla como objeto sexual a través de videos clips, fotos o imágenes que mancillan sus esencias; es no comprender que no existen roles de mujeres u hombres tanto en el hogar como en los espacios públicos, e interiorizar que colaborar en las labores domésticas o el cuidado de los hijos e hijas no es “ayuda” sino parte de nuestros deberes al asumir la maternidad o paternidad.

Sin embargo, resulta contradictorio que en ocasiones son las propias mujeres las que siguen alimentando estos patrones socioculturales, ya sea por aceptar de forma espontánea y casi como natural el rol de cuidadoras; o por dejar que los más pequeños crezcan bajo la creencia de que lavar o cocinar no es cosa de “machos”, que estos no deben llorar, y que las chicas no deben practicar deportes porque son delicadas y pueden hacerse daño. Así, estos valores discriminatorios se transmiten, muchas veces inconscientemente de generación en generación.

En ese camino, superar estas actitudes requiere un cambio en el pensamiento, en los hábitos y modos de actuar, una separación de lo que tradicionalmente se ha construido como lo femenino y lo masculino en la sociedad.

Por tanto, resulta vital continuar trabajando en el diseño de estrategias para desmontar estas conductas patriarcales. En función de ello, se hace necesario implementar las normativas jurídicas y políticas públicas existentes tales como la Estrategia integral de prevención y atención a la violencia de género, el Programa para el Adelanto de las Mujeres y la transversalización de la perspectiva de género al sistema de leyes, expresado en el recientemente aprobado Código de las Familias.

Esta nueva legislación cubana tiene ante sí el desafiante encargo de remover mentalidades conservadoras y prácticas machistas. A partir de diversos títulos, son validadas responsabilidades, deberes y actitudes en los varones que significan romper con posturas retrógradas de cómo participar en el espacio familiar, al tiempo que democratiza la forma de educar a nuestros hijos e hijas.

Pero, además de ello, es necesario desarrollar una labor educativa que comience en la casa, la comunidad y la escuela y se extienda a diversos espacios de la comunicación.

En ese sentido, los medios de prensa y sus plataformas digitales tienen gran responsabilidad. Si contribuyen a visibilizar la violencia en sus disímiles expresiones, pueden ayudar a que las personas confirmen que existe, sepan cómo se manifiesta, sus consecuencias y reconozcan los caminos posibles para enfrentarla.

Por el contrario, si no se abordan adecuadamente estas temáticas pueden terminar reforzando estereotipos.

Resulta evidente que hoy son múltiples los desafíos en torno a la violencia de género. No basta con generar mecanismos para atender y prevenir sus formas más complejas, es necesario también identificar y desmontar todos esos imaginarios machistas que, aunque no siempre notemos, están ahí latentes en nuestras prácticas cotidianas.

Algunos hombres todavía tienen bastante que aprender y demasiados prejuicios que desterrar. Nosotras, en tanto, debemos seguir tratando de educar -y educarnos- para hacer de la igualdad algo más que un discurso y dotarnos de una mirada de género que nos transversalice y permita ver, con agudeza, qué se esconde tras las cortinas del machismo.