Estrella y hombradía en Ignacio Agramonte

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Foto: Rodolfo Blanco Cué/ACN

Por Marta Gómez Ferrals/Servicio Especial de la ACN

Diciembre, 2022.- Los cubanos sienten entrañable apego por las palabras de José Martí cuando se refiriera al joven héroe y Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte Loynaz como “diamante con alma de beso” y elogiara su virtud, hombría, coraje y fidelidad irrestricta a la ley.

Y es que ninguna metáfora parece mejor lograda que esa a la hora de reflejar las esencias de aquel guerrero intrépido y sin tacha, nacido en las vísperas de la Nochebuena de 1841, exactamente el 23 de diciembre, en la ciudad de Puerto Príncipe, actual Camagüey, al oriente de la región central del país, y muerto en combate bravío por la libertad con solo 31 años, el 11 de mayo de 1873.

El Apóstol de la independencia, sin embargo, volvió a la admirable figura del Mayor cubano por antonomasia una treintena de veces y en esta fecha en que lo homenajeamos por su natalicio, hace 181 años, es hermoso recodar otro enunciado martiano: “Por su modestia parecía orgulloso”, y explicaba las razones, pues llegaba hasta el sonrojo cuando se le hacía un elogio y era muy sensible ante el dolor ajeno.

“Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él estrella. Su luz era así, como la que dan los astros…”.

Martí también aquilató que se convirtió en el Bayardo de la Revolución Cubana por ser, además de humano, caballeroso, culto y romántico, un ser que aunaba en armonía la firmeza de principios y de temple, ideales, la disciplina férrea, el cumplimiento del deber, el coraje y un linaje de combatiente a toda prueba.

Ignacio vino al mundo en el seno de una familia de abolengo, culta y librepensadora, que le aseguró educación esmerada y la formación de recios valores morales.

Cursó estudios superiores de jurisprudencia en la Universidad de La Habana, profesión de la que se graduó con notas brillantes, primero el título de Licenciado en Derecho Civil y Canónico en 1865 y luego el de Doctor en ambas materias en 1867. A los 27 años retorna a su tierra a ejercer la carrera.

Cuentan sus biógrafos que desde la adolescencia había sido aficionado a la esgrima, deporte en el que se hizo diestro y lo ayudó a dotarse de una complexión atlética, a pesar de que  a simple vista se le percibía como alto y delgado, pero con un porte excelente. También era hábil en el manejo del rifle, tal vez por incursiones de caza. Sin embargo, nunca recibió instrucción militar.

En su tierra natal, se metió de lleno en la actividad conspirativa con miras a la independencia y fue uno de los fundadores de la Junta Revolucionaria del Camagüey, la cual llegó a ser tan activa que apenas podía disimular su carácter clandestino, antes de incorporarse a la manigua.

Cuando marchó a las filas del Ejército Libertador, poco antes de ser detenido por su intenso accionar conspirativo, ni él mismo podría suponer que su fe en la causa libertaria, sus cualidades en barbecho y el avance de la guerra justa, lo llevarían a convertirse en corto tiempo en un estratega militar sobresaliente, apto para organizar la inolvidable caballería camagüeyana, la cual casi talló y moldeó como un artista, desde su compromiso con la Patria.

Lo que al principio fue un puñado de bisoños e inexpertos mambises, donde hubo desde el comienzo manifestaciones de disidencia, defección, falta de unidad y de recursos, traiciones de experimentados, se convirtió bajo su mando, disciplina férrea y coraje a toda prueba, en una fuerza que llegó a poner en jaque y propinar numerosas derrotas a las huestes españolas en los legendarios llanos del Camagüey.

De aquellos tiempos también fue muy reconocida su participación en el espíritu y letra de la primera Constitución de la República en Armas, con data de principios de abril de 1869.

A pesar de sus conocidas diferencias con el jefe del Ejército Libertador y luego presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, tuvo la suficiente grandeza de principios y de pensamiento de avenirse a sus órdenes, y con respeto admirable volvió a aceptar el mando al que, en un momento inicial, había renunciado por discordias entre ambos.

Ya en 1871 estaba al mando de las tropas mambisas hasta la jurisdicción de Las Villas.

No se puede separar en la vida del guerrero joven su historia de amor con Amalia Simoni, la heroica patriota cubana que fuera su esposa. Con visos de leyenda, a pesar de haber sido muy real, ha pasado a la inmortalidad y a las tradiciones como símbolo de los sentimientos más puros, ya sean románticos o patrióticos, o complementarios a la vez.

Ambos renunciaron raigalmente a las bondades de una vida acomodada y rica, a los fulgores del reconocimiento social que disfrutaban por su cultura y dones espirituales, para entregarse a la emancipación de su tierra y de los hombres esclavizados del terruño que los viera nacer. Lo perdieron todo materialmente, pero ganaron la gloria y la inmortalidad.

Otra página brillante en la trayectoria de El Mayor fue el famoso rescate del coronel Julio Sanguily, al frente solo de una treintena de hombres, mientras el criollo era conducido amarrado y herido al lomo de una cabalgadura que dominaba un oficial hispano, en medio de un destacamento enemigo. La embestida mambí dirigida por Agramonte resultó tan fulminante que sorprendió a los peninsulares. Los mambises lograron la victoria y la liberación de su compatriota.

Dicen que El Mayor cayó en una suerte de escaramuza, después de haber librado exitosamente batallas de gran envergadura en los potreros de su región.

El día de su caída  había recibido noticias en la madrugada sobre la presencia enemiga en los contornos de Cachaza, en los llanos de Camagüey. Con rapidez arengó a su tropa y se encaminaron a dar batalla en Jimaguayú, a unos 32 kilómetros de la gran ciudad, y una zona rural bastante conocida por el jefe mambí.

Una bala penetró en la sien derecha y le causó la muerte inmediata. Su cadáver fue a dar a manos del enemigo, quien lo profanó y terminó por incinerar y hacer desaparecer sus restos, en un intento vano de eliminar su ejemplo; y quizás más ilusoriamente todavía, de acabar con la moral de combate y la campaña libertaria.

No puede negarse el rudo golpe que significó el hecho infausto. Pero el enemigo no logró borrarlo de la historia y la memoria de su pueblo. El Mayor aún cabalga en el alma de sus compatriotas.